Un tutor de inteligencia artificial para cada estudiante: lo que Colombia debería copiar de El Salvador, y lo que no
Keiko Fujimori se llevó de El Salvador la idea de una IA que acompaña a cada alumno y lo evalúa a diario. La idea es buena si fortalece al maestro; es un riesgo si lo vigila, lo reemplaza o se compra sin evidencia. Colombia tiene la ley, pero no el internet ni las reglas.
Editorial de evaluandote.com
El 30 de octubre, la presidenta del Perú, Keiko Fujimori, visitó el Centro Escolar Marcelino García Flamenco, en Santa Tecla, con la ministra de Educación de El Salvador, Karla Trigueros. Salió entusiasmada: “Nos estamos llevando esta idea fabulosa”, dijo de las tutorías con inteligencia artificial que, “además de tener a los maestros presenciales”, acompañan a cada estudiante “para monitorear el avance, y eso es una evaluación diaria”. Anunció 500 colegios nuevos para 2027, conectados por internet satelital, y el Ministerio de Educación peruano lo celebró en sus redes.
La pregunta para nosotros es obvia: ¿funcionaría en Colombia? La respuesta corta: sí, si se copia la parte buena de la idea y se deja la parte peligrosa. La parte buena es un acompañamiento personalizado que libera tiempo del maestro. La parte peligrosa está en tres palabras de la propia Fujimori: “monitorear”, “diaria” y “evaluación”.
Qué es exactamente lo que se quiere copiar
Conviene saber qué hay detrás de la escuela de Santa Tecla. En diciembre de 2025, el gobierno de Nayib Bukele firmó con xAI, la empresa de Elon Musk, lo que ambos llamaron “el primer programa nacional de educación con IA del mundo”: un plan de dos años para llevar Grok como tutor a unas 5.000 escuelas públicas y más de un millón de estudiantes, adaptado al currículo nacional. El ministerio anunció “protocolos de auditoría y seguridad” que, hasta donde se ha publicado, nadie fuera del gobierno y la empresa ha visto. Y Grok es el mismo modelo cuestionado en Francia y Estados Unidos por contenidos sesgados o poco fiables.
Es decir, el modelo salvadoreño no es “una IA en el aula”. Es un contrato nacional, con un solo proveedor privado extranjero, que pone un chatbot frente a un millón de menores de edad y registra lo que hacen todos los días. Ese es el paquete completo. Fujimori se llevó la foto; conviene leer la letra pequeña antes de llevarse el contrato.
Lo que sí dice la evidencia
Los tutores con IA no son humo. El estudio más serio que existe es un experimento del Banco Mundial en Nigeria, publicado en 2025: unos 800 estudiantes de secundaria usaron Copilot, basado en GPT-4, durante seis semanas para aprender inglés. El efecto fue de 0,31 desviaciones estándar en la evaluación combinada, equivalente, según los autores, a entre uno y dos años de escolaridad normal. Es un resultado enorme, con dos letras pequeñas que importan para Colombia.
La primera: no era un tutor autónomo. Cada sesión la abría un docente, que presentaba el tema y guiaba a los alumnos con instrucciones diseñadas para que la IA actuara como tutor y no como máquina de respuestas. La ganancia vino de la combinación maestro más herramienta, no de la herramienta sola. La segunda: fueron seis semanas, 800 alumnos y una materia. Nadie ha demostrado todavía que ese efecto sobreviva a cinco mil escuelas, un currículo completo y tres años de uso. El Salvador está haciendo ese experimento con sus niños; no tiene sentido que Colombia lo repita sin esperar los resultados.
Lo que Colombia ya tiene
Más de lo que parece. El 24 de agosto se sancionó la Ley 2626 de 2026, la Ley de Educación Digital, que reescribe la asignatura de Tecnología e Informática con pensamiento computacional, programación, inteligencia artificial, ciencia de datos y ciudadanía digital, obligatoria en todos los colegios oficiales y revisada cada tres años por una Comisión Nacional de Educación Digital. El CONPES 4144 de 2025 fijó la política nacional de IA. Computadores para Educar abrió este año una convocatoria específica de IA para sedes educativas. Hasta un operador privado, Claro, reparte “Escuelas Conectadas Modo IA” en colegios públicos de 96 municipios.
Lo que no tenemos es lo de siempre. Colombia tiene más de 35.000 sedes educativas rurales; el Gobierno reporta 19.544 conectadas en 2026, poco más de la mitad, y la prensa resume la otra cara: cuatro de cada diez colegios públicos siguen sin internet. Un tutor de inteligencia artificial sin conexión es un afiche. Y la Ley de Rescate que el Gobierno acaba de radicar le pondría IVA del 19 % a computadores, celulares y cuadernos desde 2028, mientras recorta la nómina y los contratistas del Ministerio de Educación. Se puede querer tutores con IA y gravar el computador con que se usan, pero no se puede querer las dos cosas en serio.
Las tres implicaciones para los maestros
Primera: quién evalúa. Fujimori describió el sistema como “una evaluación diaria”. En Colombia, la evaluación de los estudiantes es competencia de los docentes y de las instituciones por el Decreto 1290 de 2009, y la autonomía escolar está en la Ley 115. Un tablero que califica a cada niño todos los días no es un apoyo pedagógico neutro: es un instrumento de evaluación que alguien diseñó, con criterios que alguien eligió, en una empresa que nadie en el colegio conoce. Si ese dato, además, termina alimentando la evaluación de desempeño del maestro del Decreto 1278, el “acompañamiento” se convierte en vigilancia con otro nombre. Eso hay que prohibirlo por escrito antes de instalar el primer equipo.
Segunda: de quién son los datos. Un tutor que monitorea a diario produce el historial de aprendizaje más detallado que jamás ha existido sobre un menor: qué no entiende, cuánto tarda, cuándo se rinde. La Ley 1581 de 2012 exige protección reforzada para los datos de niños y adolescentes, y nada en el modelo salvadoreño explica dónde se guardan, quién los usa para entrenar modelos ni qué pasa con ellos cuando el contrato termine. En Colombia, esos datos deberían quedarse en servidores del Estado, con una regla simple: la IA puede ayudar al niño a aprender, no puede aprender del niño para beneficio de nadie más.
Tercera: qué hace el maestro. El riesgo no es que la IA reemplace al docente; es que lo convierta en supervisor de pantallas. El experimento de Nigeria funcionó porque el profesor abría la clase, elegía el tema y corregía el rumbo. Eso exige formación real, no un curso virtual de ocho horas, y exige tiempo: un maestro de aula con 40 estudiantes y tres jornadas no “acompaña” tutores de IA; los apaga. Si el modelo llega sin reducir la carga que hoy tienen los docentes, llegará a un cajón.
Cómo sí se haría en Colombia
No con un contrato nacional, sino con un experimento honesto. Elegir 200 sedes conectadas, urbanas y rurales, y otras 200 comparables sin la herramienta. Usar el Programa Todos a Aprender, que ya tiene tutores humanos en terreno, como columna vertebral, y dejar que los maestros de esas sedes diseñen las instrucciones con las que trabaja la IA. Medirlo con pruebas del ICFES, no con el tablero del proveedor. Comprar por licitación abierta, con más de un modelo compitiendo y datos alojados en Colombia. Publicar los resultados a los doce meses, buenos o malos. Y sentar a Fecode en la mesa desde el día uno, no para pedirle permiso, sino porque un programa que los maestros no entienden es un programa que no se usa.
Si al cabo de un año el efecto se parece al de Nigeria, escalar con la plata que hoy se gasta en programas que nadie evalúa. Si no se parece, haber perdido poco.
Lo que no hay que copiar
Hay que decirlo con claridad porque la foto de Santa Tecla es seductora. No hay que copiar el contrato con un solo proveedor, ni los protocolos de seguridad que nadie puede leer, ni el chatbot que ha sido cuestionado por sesgos, ni la idea de que un niño necesita ser evaluado todos los días por una máquina. Y sobre todo no hay que copiar el orden de los factores: El Salvador anunció la inteligencia artificial antes de publicar la evidencia; Perú anunció que se la lleva antes de construir los 500 colegios donde funcionaría.
Colombia tiene la ley, tiene la política y tiene a los maestros. Le faltan el internet, las reglas sobre los datos de los niños y la paciencia para medir antes de comprar. Esa es la parte de la idea que vale la pena llevarse: no el tutor, sino la disciplina de probarlo.
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